Muchas manos en un plato…

… hacen un buen libro, no un garabato. La secuencia de profesionales que intervenga en el alumbramiento de un libro contribuye a la calidad final de la edición.

La secuencia inicial corre…

Es necesario, sin ofender a quienes se dediquen a escribir, que tengamos en claro que existe una diferencia entre escribir textos y hacer libros. Roger E. Stoddard escribió: “hagan lo que hagan, los escritores no escriben libros”. Si tomamos esta premisa como válida, nos resta dilucidar qué es lo que sí escriben. Utilizando un término que en su significación más literal carecería probablemente de vigencia, lo que un escritor escribe es un manuscrito o, en términos más contemporáneos, un original de autor. Esta obra, digna en muchísimos casos de un gran mérito, en la que su mente ha volcado imaginación, fluidez y muchos otros elementos disfrutables, dista de ser un libro.

Manteniendo el mayor de los respetos por quien se toma la voluntariosa labor de explicitar sus ideas en la hoja en blanco, vamos a decir en este punto que una obra escrita es infinitamente perfectible. Claro que si todas las obras se mantuvieran sometidas a un proceso infinito de perfeccionamiento, los estantes de nuestras bibliotecas estarían vacíos.

Al original de autor se lo enriquecerá con diversos elementos, algunos de ellos conocidos, comprensibles e identificables por cualquier lector. Van algunos: ilustraciones, diagramación, tapa, contratapa, prólogo, índice. En el caso de que se trate de una obra no literaria, de una obra técnica, supongamos, que aborde problemáticas económicas, indudablemente un factor de suma importancia para la comprensión del contenido por parte de los lectores será la inclusión de tablas o gráficos. También podríamos, por ejemplo, brindar a los lectores un índice analítico, en el que puedan hallar los principales conceptos y el o los números de página donde hallarlos.

Siempre mejor

Ahora que acordamos que aquel original de autor puede enriquecerse o perfeccionarse, simplifiquemos el concepto afirmando que puede mejorarse.

Un autor de una obra específicamente técnica, encara la producción de la obra para difundir sus ideas sobre una determinada disciplina en la que cuenta con experticia. Pero, tal vez, su experticia no cuente con una redacción didáctica, que permita al lector incorporar los conceptos vertidos progresivamente, facilitándole de este modo la comprensión de la obra completa. El hecho de que un primer borrador sea ininteligible para el lego o el neófito no quiere decir que el escritor experto en su área no posea importantes aportes que difundir en su obra. Allí un editor, en una lectura desdoblada que podría poner en severo riesgo su salud mental, se constituirá a la vez en consejero del escritor y en el lector número cero de la obra y sus sugerencias atenderán a mil y un detalles, todos respetuosos y atinados, para la mejoría de la obra de cara a los lectores subsiguientes. El editor debe ponerse en el lugar de los futuros lectores (para asegurarse de comprender la obra) y en el del escritor (para asegurarse de que no deje de decir lo que quiso decir). La labor del buen editor, de este perfeccionador de obras, debe ser imperceptible al ojo de los futuros lectores, y enriquecedora y bien recibida por el escritor.

Este proceso es también aplicable a la literatura. El arduo proceso creativo, ese que permite que la ficción se desenvuelva a lo largo de centenares de páginas, demanda una energía muy considerable al autor. Indudablemente el escritor habrá tenido mil y una ideas, habrá considerado desentrañar la trama por distintos carriles, imaginado desenlaces diversos, secuenciado los acontecimientos a conciencia. El tema es que en tan titánica labor, pueden haber quedado huellas. Imagínense si Sherlock Holmes hubiera resuelto un caso basado en premisas que el buen Arthur Conan Doyle hubiera omitido introducir previamente en el relato. Esta lectura número cero es tan importante en la literatura como en cualquier otro tipo de obra.

Pero además de perfeccionar el texto, el editor vela por el correcto enriquecimiento del libro en sí, con sus ilustraciones, contratapa, índice, etc. Además de ilustradores, diseñadores, y otros colaboradores, existe otro profesional con quien el editor comparte karma: el corrector. Ambos profesionales son invisibles salvo cuando un error elude su ojo entrenado. Sólo son perceptibles a partir del desacierto. Sigamos teniendo presente la premisa de que un libro es infinitamente perfectible.

Independientemente de la ortografía y redacción del escritor, existen riesgos como los errores de tipeo, las malas traducciones de frases o giros extranjeros, las oraciones demasiado breves, o demasiado extensas, exceso o falta de signos de puntuación que, aun respetando la gramática castellana, dificulten el ritmo de la lectura. Esto es labor del corrector. Pero el corrector no es un matemático que aplica fórmulas. Muchas de sus intervenciones, sobre todo las redaccionales, requieren de la reconsideración del autor y la mediación del editor, ambos dedicados a lograr que el diamante en bruto brille por sí mismo.

Este texto mejorado y enriquecido siempre tendrá una coma más que hubiéramos podido agregar, o que hubiéramos debido quitar, siempre se nos ocurrirá alguna nueva mejora luego, cuando el libro esté cerrado. ¿Por qué? Por que un libro es infinitamente perfectible. Y no olvidemos que luego de aquellas lecturas el texto fue puesto en página y revisado otra vez, aunque con más atención ahora a posibles errores surgidos durante, y no necesariamente a raíz de, la imposición. Va un ejemplo: imagínense qué feo e impráctico sería que en la carilla final de un capítulo nos quede una sola palabra. Pero, una vez corregido y vuelto a corregir, en algún momento debemos rendirnos a dejar de perfeccionarlo. El libro debe salir a la luz. Casualmente, editar proviene del latín edere, que significaba justo eso: sacar a la luz.

¿Y el libro?

Cuando el original paciente pero orgullosamente recibió el aporte de todos esos profesionales, el editor tiene la responsabilidad de velar aún por su materialización. Las decisiones referidas a cantidad de ejemplares a imprimir, la plataforma de impresión recomendable en función de la tirada y las características físicas del libro, por citar sólo las más evidentes, requerirán de cálculos, cálculos y más cálculos, que en su mayoría se iniciaron junto con la edición de los textos, ya que muchas de esas tareas se verán condicionadas por estas decisiones mencionadas recién en este punto.

Así como para el lector hay pocas sensaciones más placenteras que la de abrir por primera vez un libro y respirar el olor a papel que emana, el editor disfruta exponencialmente más al sentir el aroma del papel de todos esos ejemplares empacados. Cuando toma en sus manos un ejemplar, fruto del trabajo mancomunado de tantos profesionales, todos sus sentidos se regocijan ante lo evidente: tiene en sus manos un libro.

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